La muerte –espiritual, física, relacional- sucede a todos los seres humanos como consecuencia de nuestra pecaminosidad. Sin embargo, cuando el texto dice que Cristo murió, sí está diciendo algo relevante, pues Jesús no era un hombre como los demás, ya que en Él no había pecado (He. 4:15). En su concepción no hubo intervención de varón, pues María concibió del Espíritu Santo (Mt. 1:18), de modo que el Santo Ser que dio a luz la virgen era el unigénito Hijo de Dios, el Verbo de Dios hecho carne. Éste es de quien el apóstol Juan dice al principio de su evangelio: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.  (…) aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.  (Jn. 1:1-4,14). Así pues, Jesucristo era perfecto Dios, en la persona del Hijo, y perfecto Hombre.

Como en Jesús no había pecado, por cuanto era Dios hecho Hombre, era imposible que muriera, a no ser que fuera Él mismo quien entregara su vida.  Jesús dijo acerca de su vida: Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. (Jn. 10:18a). Pero, ¿qué necesidad podía tener Jesús de entregar su vida, de experimentar la muerte como hombre? El hecho de que Jesús diera su vida tenía un objetivo, un propósito del que Jesús era plenamente consciente, tal y como manifestó durante su ministerio: Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. (Lc. 19:10).  ¿A qué se refiere Jesús con lo de “salvar lo que se había perdido”?  Pues está hablando ni más ni menos que de todos nosotros.

A causa de nuestro pecado, no solo nos espera la muerte física, sino algo mucho peor que dura para toda la eternidad: la condenación en el infierno (aunque haya quien dude de su existencia, incluso en círculos evangélicos).  Nosotros no podíamos hacer nada para revertir esta situación. Dios, en su justicia perfecta, no podía declararnos inocentes siendo culpables: la condenación es el justo castigo a nuestro pecado. Para poder ser salvos necesitábamos que Alguien “sin pecado” pagara nuestra deuda, que cargara con todas nuestras culpas. Para ello era necesario que Alguien semejante a nosotros, pero sin pecado, muriera a nuestro favor. Así pues, para salvarnos, Cristo, Dios hecho Hombre, tenía que morir por nosotros.

La muerte de Cristo en la cruz fue un acto voluntario (Jn. 10:18a). De hecho, fue el mayor acto de amor hacia nosotros, pues como también dijo Jesús: Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.  (Jn. 15:13). El Señor, viendo que estábamos destinados a la condenación, tuvo compasión de nosotros, y en Su amor se hizo Hombre para que nosotros pudiéramos ser salvos. Así, sobreabundó el amor de Dios para con nosotros, pues como también dice en la carta a los Romanos: Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (Ro. 5:8). En la cruz, Cristo cargó con el pecado de todos nosotros, de modo que en Él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados (Col. 1:14).

 

Vuestro Pastor
Aurelío Esquembrí

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