Juan 13 : 35
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”

Hace casi casi catorce años que entré por primera vez en nuestra iglesia, de hecho, nunca antes había
estado en una iglesia evangélica, ni siquiera tampoco había oído esa palabra, evangélica, ¿Qué significaría? En la entrada me encontré con una mujer que me dio la bienvenida con dos besos.  Me dije “vaya, ¡qué cariñosos son en esta iglesia!”.  Entré y vi a muchas personas hablando animadamente, como si se conocieran de toda la vida, oí risas, vi a niños corretear y jugar. Sentí que me hallaba en un lugar especial, la gente se comportaba como los hacen los amigos.

Estaba atónito, yo provenía de otra tradición, iba a misa, y salía sin prácticamente hablar con nadie.
Después de recibir innumerables saludos y de observar miradas curiosas, entré en el salón del culto. Y
por primera vez en mi vida oí predicar el evangelio. Fueron esas palabras y el amor tan grande que recibí
en esa primera visita lo que me animó a volver a la semana siguiente, y a no querer ir ya a ninguna otra
iglesia.

Jamás me había sentido así. No me conocían de nada, pero me querían, ¡qué raro, ¿no?! Me sentía muy
cercano a esas personas a las que acababa de conocer. Entendí que su amabilidad, simpatía y verdadero
interés eran una manifestación natural de su amor hacia mí. Más delante descubrí que todo ese amor
que había recibido era verdadero, AMOR, que provenía de Dios.

Tiempo más tarde, durante una predicación del pastor sucedió algo maravilloso, insólito, y en absoluto
esperado. El pastor dijo que Dios, en su infinito amor, perdona al pecador arrepentido que le pide
perdón. En ese preciso y precioso instante me quebranté, lloré como nunca antes había llorado, y es que
claro, había tropezado con la Roca. “Y el que cayere sobre esta roca será quebrantado; y sobre quien ella
cayere le desmenuzará” (Mt.21:44).

Han pasado los años y sigo viendo en nuestra iglesia ese amor que vi al principio, amor sincero,
desinteresado, amor que procede de Dios. No somos una iglesia perfecta, ninguna lo es, porque están
formadas por personas, todas ellas imperfectas (yo el que más) y no siempre estamos de acuerdo en
todo, y a veces discutimos, pero gracias a Dios, aún en las diferencias predomina el AMOR.

Desde que estoy con el Señor nunca me he sentido solo, gracias a Él tengo una nueva familia. Unos son
españoles, otros ecuatorianos, también de Venezuela, Colombia y así, podría seguir. Venimos de distintos
trasfondos, distintas culturas y costumbres, pero lo más importante es que somos uno en Cristo Jesús, Él
es el pegamento que nos une. Somos un solo pueblo, formamos parte de su cuerpo; “así nosotros,
siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Ro. 12:5).

No importa en que circunstancia nos encontremos, nos apoyamos, nos ayudamos en los momentos
difíciles, lloramos juntos, juntos también nos alegramos, “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que
lloran” (Ro. 12:15)

Doy gracias a nuestro Dios por su Amor y el de mis hermanos. 

 

José Francisco Lozano (Patxi)

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